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Friday, November 16, 2012

Tomado del Blog Café fuerte.

Testimonio: Contra la Inteligencia


DetallesPublicado el Viernes, 16 Noviembre 2012 07:27 Por Ivette Leyva Martínez . inShare.0Powered by Agenzia Web

Camisa que llevaba el escritor Angel Santiesteban en el momento de su arresto, el 8 de noviembre

Por Angel Santiesteban Prats*



Nuestra adolescencia estuvo fertilizada con las novelas y series de televisión que nos marcaron nuestra estética y personalidades.



Cuantas veces nos pasamos las novelas Aquí las arenas son más limpias, Y si muero mañana, o la serie En silencio ha tenido que ser, la mayoría disfrutamos aquellas fantasías de héroes socialistas que guiados por la Contrainteligencia cubana lograban burlar a sus enemigos.



Con el tiempo se han convertido en bodrios de la fantasía socialista y los jóvenes de hoy los consideran pésimas obras literarias por su contenido insustancial o poco verosímil.



El jueves pasado, 8 de noviembre, fuimos a presentarles nuestros respetos a los padres de Antonio Rodiles, ancianos que rondan los 90 años, y por cierto, sus cómplices y compañeros más directos en sus ideales ideológicos. También queríamos exigir las liberaciones de los abogados detenidos injustamente Laritza Diversent, Yaremis Flores, Veizant Boloy. Llegamos a la unidad policial de Acosta, y se encontraban junto al abogado independiente Wilfredo Vallín, en las oficinas de dicho cuartel.



Al salir nos explicaron la negativa de mostrarlo, lo que infería alguna golpiza propinada al detenido y por eso lo escondían.



No pudimos quedar pusilánimes ante el abuso



Nos mantuvimos frente a la unidad policial, llegamos a ser, si mal no recuerdo siete activistas por los derechos humanos, o blogueros, opositores, como quieran llamarnos, entre ellos Yoani Sánchez, por supuesto, Claudio Fuentes el fotógrafo profesional, Eugenio Leal, el activista Arabel Villafuerte, entre otros. Lo cierto es que nos encontrábamos allí porque nos dolía saber que había un inocente sufriendo en las mazmorras castristas.



Ya el operativo estaba cerrado. Cerca de nosotros se encontraban un grupo de “civiles”, militares que conocemos su afán de reprimir. Estamos conscientes que nuestros abusadores se encontraban apenas a tres metros de nosotros. A veces los miraba fijamente para desentrañar sus anhelos, sueños, fantasías, pero su imagen delincuencial me impedía lograrlo. Le aseguro que nos reímos, o quizá fue una risa de lástima por ellos.



Alguien avisó que en la esquina estaban deteniendo a los que deseaban ingresar al grupo. Comenzaron a introducirlo a la fuerza en el auto patrullero, y iniciaron una golpiza como de costumbre. Estamos aproximadamente a cien metros del hecho, y en la distancia, quizá por el miedo y el cariño, pensamos que era Orlando Luis Pardo. No podríamos mentir si no decimos que nos quedamos unos segundos inmóviles, todos sabíamos lo que significaba acercarnos, sin orden de salida, corrimos al unísono, recuerdo que Yoani iba como una madre cuando le roban sus cachorros y ya había olvidado las palabras de Reinaldo Escobar, su esposo, cuando le dijo antes de despedirse que se cuidara, también de las caricias de su hijo que quizá no tendría el abrazo a su regreso de la escuela.



Lo cierto fue que ella llegó pidiendo explicación del por qué lo detenían y golpeaban. En medio del asedio, me puse a observar su valor desmedido y en un segundo le abrió la puerta del patrullero donde tenían apresados a los dos activistas, y quiso introducir su cuerpo dentro del auto. Hubo un momento que me asusté porque sus pies quedaron debajo de las gomas traseras y comenzaron a moverse. Pero ellos la halaron, empujaron. Yoani se le encaraba a los policías y su valor los minimizaba. Luego llegó una oficial chusma que deseaba provocarla, desafiarla. Y la inteligencia de Yoani fue decirle de qué solar había salido ella que no tenía compostura con aquella chusmería.



Me encontraba justo al lado de Yoani y pude verle los ojos a la oficial, y la vi desarmada, si un ápice de vergüenza tuvo increíblemente le salió contra su voluntad porque la vi apagada, noqueada sin haber comenzado el round. Y Yoani, que sabía que aquella no era su peso ideológico ni en principios, le dio la espalda.



Cuando llegó la orden de apresarnos



Entonces escuchamos cuando dijeron dieron la orden de apresarnos. Nos empujaron, nos separamos. Busqué a mi alrededor mientras me apresaban y vi a Claudio dentro de un auto patrullero, a Eugenio lo llevaban maniatado y a Yoani también, hasta que la montaron en una patrulla.



Cuando llegué al auto patrullero accedí. Considero que no éramos una fuerza de resistencia, sino de conciencia, de justicia, y el desorden no lo habíamos originado nosotros. Cuando me fueron a sentar en el auto, alguien detrás de mí dijo “entra anda”, y un puñetazo dio en mi nuca, sin pensarlo devolví el golpe, y fueron devastadores, como si les hubiera propinado la mayor ofensa, o solo aquella horda de anormales estuvieran esperando una ínfima chispa para que explotara su cobarde y anormal violencia. Era como si estuvieran esperando el silbato de salida para comenzar su cobardía.



Nunca imaginé que aquello podrían grabarlo, ya ustedes vieron la paliza que me dieron. Aún no he visto el video, ya saben que youtube desde Cuba, como los demás, es imposible. Los golpes que más dolieron fue del que abrió la puerta trasera derecha, sus golpes eran como patadas de bestia, lo que son, en mi cabeza, por un momento pensé que me haría fractura de cráneo, fueron tanto y tan fuerte que los golpes de los otros me propinaban por las costillas, pecho y piernas dejaron de ser importantes. De esos golpes, no sé si con una sortija, una manopla, pero fueron tan contundentes que me partieron la cabeza, el labio, y como un aviso urgente de mi estado aún consciente de salvación personal, que decidí levantarme y volver a salir del auto.



No voy a describir más lo que pueden observar en video. Pero un detalle que quizá no se observe es que al salir un oficial que estaba a mí espalda, alardeando de “tú verás si él se acoteja ahora”, me apretó con su brazo por el cuello hasta que comencé a sentir la fatiga de la falta de aire, lo hizo con tanta fuerza que pensé que desprendería mi cabeza del resto del cuerpo.



Me condujeron a otro auto patrullero para llevarnos al patio de la estación policial. Miré hacia los otros autos y permanecían como yo a la espera. A Yoani le sentaron una mujer al lado vestida de civil. Luego me cambiaron de auto y me sentaron al lado de Eugenio. Dieron la voz de salir de la unidad “vamos de aquí, hay que salir de aquí”, pero lo dijeron con terror. Creo que temían que llegaran más activistas o que la población que había observado comenzara a moverse hasta la entrada de la unidad.



Comienza la travesía



Era una hilera de patrullas guiadas por el Jefe del Operativo que iban en un lada verde con chapa amarilla. Al final iba una guagüita roja con más sicarios. Iban sin rumbo, hablando por los celulares, por eso infiero que se les fue de la mano el operativo. Yoani iba todo el tiempo haciendo señales de libertad, de Victoria, y los transeúntes la miraban sin entender mucho, esa huerfanidad de conciencia que tiene en su mayoría la población cubana, cubierta con una máscara de ingenuidad y miedo. Llegamos a la monumental, lugar ideal para masacrarnos y dejar tirados en la cuneta. No habían testigos presenciales.



Detuvieron la fila de autos, eran cerca de nueve. Inmediatamente le sentaron a Yoani dos mujeres uniformadas tan inmensas que apenas le dejaban espacio. Nos fueron registrando, tomando nuestra documentación. Cuando llegó mi turno, el Jefe del Operativo después de poner de pie con los brazos esposados, sentía el metal de las esposas en los huesos. Pero cada vez que miraba a Yoani con aquella hidalguía las fuerzas se me multiplicaban.



El Jefe del Operativo comenzó a golpearme con su bota para que abriera las piernas para el cacheo, pero lo hacía con rabia, le grité que eso era lo mejor que sabían hacer, golpear a un hombre esposado, indefenso, que siempre hacían lo mismo. Eugenio gritó que no me dieran más, que la violencia era innecesaria. Mientras me registraba aproveché para decirle que las dictaduras de los años setenta en América tuvieron que esperar treinta años para hacer justicia, que ahora estaban ancianos y fueron juzgados. Que la violación de los Derechos Humanos no caduca y que algún día tenían que pagar sus desmanes. Me gritó “cuando yo pague ya tú lo hiciste”. Supuse que decía que yo iba a sufrir primero que él. Me dijo “parece que no te basta los cinco años que te vamos a echar por el juicio de hace poco”. Le dije, claro, los jueces son ustedes, aquello solo fue un teatro y ustedes desde antes ya tenían la sanción. Pero no importa, aquí hay cuerpo y valor para enfrentarlo, le dije. “Sí, yo sé que tú eres valiente”, me dijo irónico. No soy valiente, pero tampoco lo cobarde que son ustedes que golpean en grupo porque tienen miedo hacerlo solo.



Cuando recibieron la orden ya teníamos destinos. Nos repartieron por la ciudad. A Eugenio y a mí nos enviaron para Santiago de las Vegas. Allí me llevaron al hospital porque el calabocero no quiso recibirme en aquel estado precario. Los dolores de las costillas perecían agujas lacerantes, y la sangre sobre mí saliendo de mi boca y mi cabeza los asustaba, más la inflamación de un labio y un pómulo.



Aproveché para avisar a los amigos que estábamos detenidos en Santiago de las Vegas. Al regreso a la unidad me llevaron a mi respectivo calabozo. Antes de entrar vi a Eugenio tras la reja y a Veizant, el abogado que siguió esta cadena de injusticia cuando como abogado y esposo fue a preguntar por la abogada Yaremis. Nos hicimos un saludo con un ademán de cabeza y les aseguré que para mí era un honor compartir aquellos calabozos con ellos. Luego me dijo que estaba preocupado por su hija, pues como sus padres estaba preso no sabían quién se había hecho cargo de la niña, estaba muy preocupado y como a todos, le habían negado la llamada que por ley nos toca a cada detenido en las primeras 24 horas.



Entre Kafka y Virgilio Piñera



Cerca de la media noche me sacaron. Pensé que sería para alguna entrevista. Entonces me devolvieron las prendas de vestir, me anunciaban que me iría de libertad. Para mí significó una humillación, sacarme, alejarme del destino de mis compañeros era lo peor que podían hacerme. Le rogué al calabocero que me dejara regresar e informara que me negaba. Se lo dije varias veces y me dijo que eso era imposible. Estaba muy triste, no sabía cómo enfrentar aquel desprecio, al menos así lo veía.



En la puerta de la unidad el Oficial de Guardia me entregó el carné de identidad. La calle estaba desolada, como es costumbre en los pueblos de campo. Pregunté a un transeúnte cómo se podía alquilar un auto y me señaló. Avancé 200 metros y vi un teléfono. Llamé a dos personas, mientras conversaba veo salir de la oscuridad a dos oficiales que me dicen que tengo que regresar. “¿Tú no querías quedarte? Te vamos a complacer”.



Colgué el teléfono no sin antes informar lo que estaba sucediendo. Mis interlocutores no entendían nada lo que estaba sucediendo. A Kafka y Virgilio Piñera se le hubiera hecho difícil imaginarlo. En mi aturdimiento tampoco entendía, pero me hacía feliz el que me llevaran de vuelta.



En la entrada de los calabozos, después de quitarme los cordones y las prendas, me llevaron a un cuartico donde estaba el Oficial del Operativo que me golpeó por los tobillos. Después de sentarme me puso las esposas y con parsimonia sacó la pistola, rastrilló y la puso sobre mi cabeza, sentía el peso del metal sobre mi cráneo que acrecentaba los dolores por los golpes antes recibidos. Aquellos segundos fueron los más largos de mi vida. No sé cómo ni de dónde saqué las palabras: en algún momento tendrás que pagarme. Pasaron otros segundos en silencio y me respondió “es verdad, mejor espero que estés en la calle y te doy un martillazo en la cabeza y queda como que te asaltaron para robarte”. Me quitó las esposas y me empujó hacia afuera para que el calabocero me llevara para la celda. Afuera estaba un activista que también tomaron detenido y que soltarían. Y me dijo sobre la pistola en su cabeza y el martillazo, a él también le habían hecho aquella escena de Alfred Hitchcock.



Le expliqué a los otros lo que había ocurrido y nadie entendía a ciencia cierta para qué me habían dejado llegar a la calle. Eugenio dijo que ellos estaban enfermos, era una aberración, y lo hacían para desestabilizarme sicológicamente.



Al rato llamaron a Veizant a una entrevista para decirle que lo liberarían y que su esposa Yaremis estaba siendo proceda en el DTI en 100 y Aldabó por un post que había escrito y que según ellos ella mentía.



Eugenio y yo estábamos felices porque eran dos menos en aquella injusticia y así Veizant podría atender a su hija que seguro estaba llorosa por sus padres. Los dolores del cuerpo se iban agudizando en la medida que los nervios se distendían. Eugenio y yo nos pasamos la noche hablando de justicia, historia y masonería.



En la mañana liberaron a Eugenio. Nos abrazos y la soledad es el peor enemigo, aunque lo prefiero así que con mis compañeros detenidos. Al medio día vinieron a buscarme cuatro militares. Me dijeron que saliera de la celda. Pregunté que a dónde me llevarían. “A donde nos de la gana”, respondieron.



Cuando lentamente, por los dolores, sobre todo en las costillas, hacía un gesto para levantarme, ellos quisieron alarme, y me negué, dije que no me tocaran, y no esperaron, me halaron por los pelos hacia el exterior mientras me volvían a patear. Se lanzaron sobre mí como si fuera aquella “pilita” que hacíamos de niño, solo que yo era el de abajo, me pusieron una bota en el pecho, luego la rodilla, otro me golpeaba por el mismo lateral lastimado, lo hacía con saña. Le grité que me diera por el otro lado porque esas ya estaban partidas, y eso le dio más ganas, “quién te manda a no obedecer”, me dijo, y continuó. Hicieron esa manía de apretar las esposas y encajarlas en la piel que te cortan hasta la respiración.



Me llevaron a toda prisa por el medio de la ciudad, se llevaban los semáforos e iban haciendo zigzag entre los ómnibus y autos. En pocos minutos estábamos en el cuartel de Aguilera.



¡Qué nombre tan injusto para nuestro Vicepresidente del Gobierno en Armas!



*Escritor cubano residente en La Habana. Su libro de cuentos Dichosos los que lloran ganó el premio Casa de las Américas en el 2006. Es autor del blog Los hijos que nadie quiso. Desde hace tres años enfrenta un proceso legal, que incluyó cargos de robo con fuerza, violación, amenaza, daños, pero que finalmente se redujo a las acusaciones de violación de domicilio y lesiones. Fue juzgado a fines de octubre y aguarda aún por la sentencia del tribunal.

Nota de la Bloguista: No entendí el final; espero la continuación.