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Wednesday, December 15, 2010

Leer y o releer El Quijote:

Quijotescos mis sueños, quijotescas mis ideas. Género masculino los primeros,
femenino las segundas, jamás podré decir que he sido un Quijote porque se pensará en masculino y yo nunca renunciaré a mi naturaleza femenina aunque tenga más de Quijote que de Dulcinea.
El Quijote, uno de los primeros libros que conocí a mis escasos 12 años y con el cual me deleité como nunca lo he hecho con ningún otro.
Si comenzara a relatar mis peripecias desde niña, los haría imaginar a un Quijote desconocido: El Quijote Niño, igual de flaco y desgarbado y haciendo cosas que a muchos otros niños de su edad no se les ocurriría; luego al Quijote Adolescente, soñando diariamente con princesas, mientras esperaba ansioso que asomase su barba, se desarrollasen sus músculos, se acentuase su voz y sintiese por fin en su piel lo que ya sentía en su interior; y por último nuestro conocido y ya maduro Don Quijote, repleto de experiencias o mejor, sueños interrumpidos.
Si, yo, El Quijote Femenino, imaginando la sorpresa de todos ustedes si les contase con lujo de detalles tantas tonterías cometidas, tantos impulsos contenidos, tantos pensamientos locos (aunque preferiría llamarlos diferentes), y tantos sufrimientos, ocasionados, paradójicamente, por mis
“cuerdas” acciones.
Si, soy yo un Quijote Femenino… Escondí monedas de plata y enterré muñecas de trapo. Despojé de sus frutos a mi más queridos árboles mientras soñaba con fortunas que para los adultos eran sólo centavos… Vestí con las más hermosas galas a inmóviles muñecas de yeso creyéndome la modista de Madame Pompadour… Cargué pesados terneros sintiéndome boy el de Tarzán o la mujer maravilla. Manché mis tiernos dedos con tinta china durante noches de insomnio, para mostrar a mi padre que era capaz de copiar fielmente a caricaturistas famosos. Dicté clase de escritura a mis compañeritos de clase cuando cursaba tercero de primaria y luego, mientras realizaba mis estudios de secretariado dicté mecanografía y taquigrafía también a mis compañeras porque yo habia logrado terminar esas materias en mi tiempo libre. Nunca supe si ellas me admiraban por eso o les molestaba el que yo fuera eximida de esas clases; sin embargo y en cualquier descuido de la maestra ignoraba la disciplina, me comportaba como toda adolescente y escribía la letra de las últimas canciones de moda, en la parte de atrás del enorme tablero para que las copiaran
cuando la maestra se retirara del salón.
Tomé clases de guitarra, de dibujo, de natación, de tenis… siempre soñando con ser la mejor y siempre retirándome antes de terminar el curso porque la vida me enviaba a una batalla diferente.
Viví horas increíbles al lado de mis queridos padres. Ellos las llamaban vicisitudes pero yo las llamaba aventuras porque mis ojos escrutadores y mi mente inquieta no sólo veían el problema y adivinaba su sufrimiento; también creía saber la solución y conocer la meta. En todo veía cosas bellas, aún en momentos en que nuestra vida corrió peligro.
Salí de casa para enfrentarme a las calles sin tener aún 17 años: conseguí empleo de secretaria y fui reconocida en la empresa por incansable –siempre me ha molestado estar sin hacer nada-, también por inocente y dedicada, hasta ganarme el apodo de “Inocencia Moreno”. ¡Que lástima haberlos perdido ambos: inocencia y apodo! aunque gracias a esa perdida he logrado sobrevivir a las realidades e inclemencias del tiempo y de la vida.
Salí de mi país para enfrentarme al mundo a los 20 años. Llegué a New York y fui yo quien retó a la ciudad antes que ésta lo hiciera conmigo. Allí me enamoré pero no quise luchar con las armas del amor, así que bajé la guardia y me retiré vencida. A esta batalla le sucedieron muchas pero no habiendo conocido otras armas que la de la sinceridad, la victoria fue siempre temporal y el regreso cauteloso ya que mi cabalgadura era tan lenta como Rocinante.
Obviamente que también habría de obtener trofeos: dos, hermosos e incomparables, los cuales han sido no sólo mi soporte y guía para obtener otros triunfos, sino los que me han mantenido feliz y llena de optimismo para las próximas batallas. Son éstos mis dos hijas: una fuera de mi país y otra en un lugar de Colombia de cuyo nombre no quiero acordarme”,
ambas están muy distantes físicamente pero cada una justo al lado de mi corazón.
Etiquetas: aventuras, hijos, quijote, sueños, trofeos

Diana Margarita Ruiz Comentario de Diana Margarita Ruiz Hace 3 minutos
Eliminar comentario Precioso, querida, Fanny. Me encanta como escribes y la forma en que has asumido la vida. Lo reflejas en esta sugerente escritura que puede motivar a leer El Quijote, al que aun no lo haya hecho y recrearlo al que sí lo hizo!. Gracias. Que Jehová te cuide, ampare y proteja: diana.
Ernesto Kahan Comentario de Ernesto Kahan Hace 5 horas
Hermoso texto amiga. Muy personal y a pesar de ello, consigues hacer identificar en él a tus lectores. Abajo estoy leyendo a Cervantes y los dos te saludamos con los aires de andantes, damas y caballeros ingeniosos y enamorados de lo que queremos decir por medio de la locura ¿Locura) ¡Qué va! Si es la vida enmascarada Ernesto
 

Comentarios a " La Molestia"


Fanny Moreno Comentario de Fanny Moreno Hace 6 horas
Nicolas, que gran reflexion y tambien enseñanza.  Ojala muchos que sufren porque siempre tienen falsas espectativas y esperan de los demas no solo cosas que a veces ni merecen sino actitudes que no se han ganado o tambien aquellos que reciben y no creen recibir suficiente, porque siempre desean mas y asi, tanta gente equivocada que no se crean un camino por si mismas sino que piensan que todo debe ser preconcebido, que siempre estan esperando recibir, ojala te leyeran a ti u a otros que piensen como tu, para que recapaciten y puedan ampliar los horizontes de sus mentes y asi ser felices.   Al leerte me llega Kalil Gibran y sus enseñanzas tan universales y faciles de entender.  No se como una persona que se ve tan joven puede tener tanta sabiduria, creo que es un legado de Dios, tu don natural de saber transmitir con sencillez y profundidad.  Felicitaciones! que bueno que muchos pudieran conocerte.   Un abrazo.
Nicolás Martorell Ríos. Comentario de Nicolás Martorell Ríos. hace 1 día
Queria Karelia, Jesús es muy humilde, y lo que el logró cualquier ser humano lo puede lograr, ese era uno de sus mensajes, todo está dentro. En tu corazón. Como el perdón, perdonate ati misma y perdonarás todo y a todo. Todo esta dentro.
Karelia Dávila Comentario de Karelia Dávila hace 1 día
Precioso Nicolás, muy acertado pensamiento. El único ser perfecto que ha existido en la Tierra es el hijo del Padre, Jesús y él nos dejó muchísimos ejemplos de como llevar una vida mas apacible, amorosa y su ejemplo de perdón es digna de tomar en cuenta siempre. Gracias amigo, Karelia.
Nicolás Martorell Ríos. Comentario de Nicolás Martorell Ríos. hace 1 día
Exacto Marcela, gracias.
Marcela Vanmak Comentario de Marcela Vanmak hace 1 día
!Excelente, Nicolas! Lo bueno es que he aprendido a no formarme falsas expectativas ni esperar nada. No por incredula, sino porque hace mucho tiempo que adverti que lo que uno ha creado de alguien es solo su ideal.
Nicolás Martorell Ríos. Comentario de Nicolás Martorell Ríos. hace 1 día
Alejandrina hay dos clases de molestias. La física. Y la moral. Lo importante de todo esque todo está dentro de cada uno. Y la molestia, como el Amor, comprensión, tolerancia, perdón...etc, radica en vuestro corazón,  en vuestro ser, en vuestra mente, por lo tanto es algo que os pertenece. Sólo tú eres responsable de ti mismo y no del exterior. Si quieres ver un cambio en el mundo, empieza por ti mismo.
Alejandrina Arias Comentario de Alejandrina Arias hace 1 día
hola , muy bonito y hermoso de verdad realmente hay mucho que sacar de ahi para ser mas optimistas y alegres, ´ esto funciona muy bien con nuestra familia y personas allegadas, pero tengo una duda ¿esto funciona también con GRANDES CATÁSTROFES, COMO POR EJEMPLO, LAS NATURALES, O CUANDO ASESINAN A UN SER QUERIDO, O CUANDO SUFRIMOS DE UNA VIOLACIÓN, ETC?
Diana Margarita Ruiz Comentario de Diana Margarita Ruiz hace 1 día
Eliminar comentario Magnífico, excelente, maravilloso. Lo copio en mi blog personal y reenvío a todos mis queridos. Que Jehová lo bendiga!. Un abrazo: diana..

Tuesday, December 14, 2010

Alimentar al lobo bueno:

DOS LOBOS
Una mañana un viejo Cherokee le contó a su nieto acerca de una batalla que ocurre en el interior de las personas.
El dijo, "Hijo mío, la batalla es entre dos lobos dentro de todos nosotros.
"Uno es Malvado - Es ira, envidia, celos, tristeza, pesar, avaricia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego..
"El otro es Bueno - Es alegría, paz amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe."
El nieto lo meditó por un minuto y luego preguntó a su abuelo: “¿Qué lobo gana?”
El viejo Cherokee respondió, "Aquél al que tú alimentes."
¿Una buena enseñanza para aplicárnosla todos nosotros, no te parece?

La bella Habana y la furia del agua y el mar:

Posted: 13 Dec 2010 04:14 PM PST
Fotos/AP-Getty Images

Adolescentes e INTERNET:

Los adolescentes y los peligros de abusar de la tecnología



Los avances tecnológicos nos brindan posibilidades de hacer cosas que antes no se pensaban y tienden a ofrecernos servicios que nos facilitan la vida. Pero, al mismo tiempo, también pueden resultar nocivas. Un sencillo mensaje de texto (o más bien muchos), por ejemplo, pueden causar riesgos para los adolescentes, así como el  abusar de la vida en las redes sociales. Aquí te contamos por qué.

Casi todas las personas tienen un teléfono celular. Algunas, incluso dos. ¿Cuántos padres les negamos a nuestros hijos adolescentes ese aparato que nos permite comunicarnos con ellos en todo momento, que nos deja saber cómo están y si necesitan algo? Creo que pocos. La verdad, es que somos los padres los que en principio encontramos conveniente que nuestros hijos/as tengan un teléfono móvil para poder localizarlos en todo momento y para que les sirva a ellos en caso de emergencia.
No es una novedad que los teléfonos celulares, también conocidos como telefonía móvil se haya expandido vertiginosamente a nivel mundial. Esta tendencia continúa y se incrementa a medida que aparecen nuevos equipos con más servicios de conectividad y funcionalidades más veloces que facilitan la interacción con los usuarios. iPhone, Blackberry, Smartphone. Como sea que se llamen, están ahí para que los usuarios estén “conectados” en todo momento.
Si te fijas, son los más jóvenes los que quizá se adhieren más a estas tecnologías y probablemente sean quienes más riesgos deben enfrentar.
Para quienes nacieron en esta “era digital”, es casi imposible imaginarse sin un teléfono móvil en la mano (o en el bolso) e incluso sin una computadora que tenga conexión al Internet.
¿Pero cuál es el riesgo de la tecnología? En principio, y como ocurre con otros aspectos de la vida, todos los excesos pueden ser malos. Más allá de esto, los peligros que recorren el ciberespacio hoy pueden ser muchos y variados, dependen del tipo de dispositivo de cómo se usa.
Por ejemplo, quienes utilizan las redes sociales corren el riesgo de ponerse en contacto con extraños que proporcionan identidades falsas con fines delictivos. Muchos adolescentes se valen de perfiles falsos para poder meterse en la vida de otros e incluso torturarlos psicológicamente. Otro caso perturbador es el que se conoce como “cyberbullying” o ciber acoso entre pares, que es cuando un adolescente se convierte en víctima de las bromas de mal gusto y de los comentarios ofensivos por parte de otros compañeros, en las redes sociales como el Internet.
Otro caso que se agrega a la lista, está relacionado con el uso excesivo de los teléfonos móviles. Un estudio reciente demostró que la hiper-conectividad debido al uso abusivo de los mensajes de texto podrían ser nocivos para los adolescentes.
Según esta investigación (desarrollada por investigadores de la Facultad de Medicina Case Western Reserve y difundida por el medio especializado Science Daily), los adolescentes que acostumbran enviar mensajes de texto 120 veces al día o más, son más propensos a haber tenido relaciones sexuales o consumido alcohol o drogas que aquellos jóvenes que no envían tantos mensajes. Además, son más propensos a sufrir depresión o anorexia.
¿Te parece que enviar 120 mensajes de texto por día es demasiado? Pues te sorprenderá saber la cantidad de adolescentes que superan esa cifra de envíos diariamente: uno de cada cinco estudiantes, específicamente, según el estudio; que además detectó que uno cada nueve estudiantes pasa tres horas diarias o más en redes sociales, mientras que uno de cada 25 pertenece a ambas categorías.
¿Ya estás pensando si tu hija/o pertenece a alguna de ellas y qué hacer al respecto? Me parece estupendo. Lo que es muy importante es la comunicación que tengas con él o ella, ya que, según los autores del estudio, si bien muchos adolescentes son susceptibles a la presión de sus amigos, también influye la actitud de padres permisivos o ausentes.
Por otro lado, una investigación sobre temas similares (realizada en el Centro de Trastornos del Sueño del Centro Médico JFK de Edison en Nueva Jersey) detectó que los adolescentes que siguen usando los celulares, las computadoras (ordenadores) y otros aparatos electrónicos a escondidas, después de haberse acostado supuestamente a dormir, tuvieron más probabilidades de sufrir trastornos del sueño que causan otras dificultades como déficit de atención con hiperactividad, alteraciones del estado de ánimo, ansiedad, depresión y mal funcionamiento cognitivo (cuando la mente no funciona bien y las habilidades del pensamiento se alteran) durante el día.
La vida en la red cada vez nos afecta más en la vida real. Hay un mundo virtual en el cual las personas siguen actuando como tales, de acuerdo a las posibilidades que les brinda la tecnología. Esto es mucho más notorio para quienes no conocen el mundo sin las denominadas tecnologías de la comunicación, que se apropian de ellas de manera natural y generan nuevos usos, muchas veces que ni nos imaginamos los que nacimos cuando estos adelantos ni siquiera existían en las películas de ciencia ficción.
El asesorarse y el promover un uso seguro de estos medios quizás sea la mejor manera de estar atentos y prevenidos ante estos riesgos y peligros.

Monday, December 13, 2010

La Molestia:

Las personas se la pasan la mayor parte de su vida sintiéndose ofendidas por lo que alguien les hizo.

La sorprendente revelación que te voy a hacer, va a cambiar tu vida... ¡Nadie te ha ofendido! Son tus expectativas de lo que esperabas de esas personas, las que te hieren. Y las expectativas las creas tú con tus pensamientos. No son reales. Son imaginarias. Si tu esperabas que tus padres te dieran más amor y no te lo dieron, no tienes porqué sentirte ofendido. Son tus expectativas de lo que un padre ideal debió hacer contigo, las que fueron violadas. Y tus ideas son las que te lastiman.

Si esperabas que tu pareja reaccionara de tal y cual forma y no lo hizo...Tu pareja no te ha hecho nada.
Es la diferencia entra las atenciones que esperabas tuviera contigo y las que realmente tuvo, las que te hieren.
Nuevamente, eso está en tu imaginación. ¿Enojado con Dios? Son tus creencias de lo que debería hacer Dios, las que te lastiman. Dios jamás ofende ni daña a nadie. Un hábito requiere de todas sus partes para funcionar.
Si pierde una, el hábito se desarma. El hábito de sentirte ofendido por lo que te hacen otros (en realidad nadie te hace nada) desaparecerá cuando conozcas mejor la fuente de las 'ofensas'.

Cuando nacemos, somos auténticos. Pero nuestra verdadera naturaleza, es suprimida y sustituida artificialmente por conceptos que nuestros padres, la sociedad y televisión nos enseñan. Y crean una novela falsa de cómo deberían ser las cosas en todos los aspectos de tu vida y como deben de actuar los demás.


Una novela que no tiene nada que ver con la realidad. También, las personas son criaturas de inventario. A lo largo de su vida, coleccionan experiencias: padres, amigos, parejas, etc. y las almacenan en su inventario interior. Las experiencias negativas dejan una huella más profunda en nosotros que las positivas. Y cuando una persona es maltratada por alguien, deja esa experiencia en su `inventario'. Cuando conoce a alguien, tiene miedo. Y trata de ver si la nueva persona repetirá las mismas actitudes que la que la hirió. Saca una experiencia de su inventario negativo. Se pone los lentes de esa experiencia y ve a las nuevas personas y experiencias de su vida, con esos lentes. ¿Resultado? Se duplican los mismos problemas y las mismas experiencias negativas.

Y el inventario negativo sigue creciendo. En realidad lo que hace es que te estorba. No te deja ser feliz. Y a medida que se avanza en años, se es menos feliz. Es porque el inventario negativo aumenta año con año.


¿Has visto a las personas de edad avanzada y a los matrimonios con muchos años?
Su inventario es tan grande, que parece que la negatividad es su vida. Una y otra vez sacan experiencias de su inventario negativo ante cualquier circunstancia. Una de las mayores fuentes de ofensas, es la de tratar de imponer el punto de vista de una persona a otra y guiar su vida. Cuando le dices lo que debe hacer y te dice 'no', creas resentimientos por partida doble. Primero, te sientes ofendido porque no hizo lo que querías.
Segundo, la otra persona se ofende porque no la aceptaste como es. Y es un círculo vicioso. Todas las personas tienen el derecho divino de guiar su vida como les plazca. Aprenderán de sus errores por sí mismos.


Déjalos ser! nadie te pertenece.


Cuando los colonos americanos querían comprarles sus tierras a los Pieles Rojas, estos les contestaron '¿Comprar nuestras tierras? ¡Si no nos pertenecen! Ni el fulgor de las aguas, ni el aire, ni nuestros hermanos los búfalos a los cuales sólo cazamos para sobrevivir. Es una idea completamente desconocida para nosotros'.
Ni la naturaleza, ni tus padres, ni tus hijos, tus amigos o parejas te pertenecen. Es como el fulgor de las aguas o el aire. No los puedes comprar. No los puedes separar. No son tuyos. Sólo los puedes disfrutar como parte de la naturaleza. El cauce de un río no lo puedes atrapar. Sólo puedes meter las manos, sentir el correr de las aguas entre ellas, y dejarlo seguir.

Las personas son un río caudaloso. Cualquier intento de atraparlas te va a lastimar. Ámalas, disfrútalas y déjalas ir. Entonces ¿Cómo puedo perdonar?

1) Entiende que nadie te ha ofendido. Son tus ideas acerca de cómo deberían actuar las personas y Dios, las que te hieren. Estas ideas son producto de una máscara social, que has aprendido desde tu infancia de forma inconsciente. Reconoce que la mayoría de las personas NUNCA va a cuadrar con esas ideas que tienes. Porque ellos tienen las suyas.

2) Deja a las personas ser. Deja que guíen su vida como mejor les plazca. Es su responsabilidad.
Dales consejos si te los piden, pero permite que tomen sus decisiones Es su derecho divino por nacimiento: el libre albedrío y la libertad.

3) Nadie te pertenece. Ni tus padres, ni amigos ni parejas. Todos formamos parte del engranaje de la naturaleza. Deja fluir las cosas sin resistirte a ellas. Vive y deja vivir.

4) Deja de pensar demasiado. Ábrete a la posibilidad de nuevas experiencias. No utilices tu inventario. Abre los ojos y observa el fluir de la vida como es. Cuando limpias tu visión de lentes obscuros y te los quitas, el resultado es la limpieza de visión.

5) La perfección no existe. Ni el padre, amigo, pareja perfectos. Es un concepto creado por la mente humana que a un nivel intelectual puedes comprender, pero en la realidad NO EXISTE. Porque es un concepto imaginario. Un bosque perfecto serían puros árboles, Sol, no bichos... ¿existe? No. Para un pez, el mar perfecto sería aquel donde no hay depredadores ¿existe? No. Sólo a un nivel intelectual. En la realidad JAMAS VA A EXISTIR. Naturalmente, al pez sólo le queda disfrutar de la realidad. Cualquier frustración de que el mar no es como quiere que sea no tiene sentido. Deja de resistirte a que las personas no son como quieres o no piensan como tú. Acepta a las personas como el pez acepta al mar y ámalas como son.

6) Intoxícate con la vida. La vida real es más hermosa y excitante que cualquier idea que tienes del mundo. Me complacerá decírtelo por experiencia.

7) Imagina a esa persona que te ofendió en el pasado. Imagínate que ambos están cómodamente sentados. Dile por qué te ofendió. Escucha su explicación amorosa de porque lo hizo. Y perdónala. Si un ser querido ya no está en este mundo, utiliza esta dinámica para decirle lo que quieres. Escucha su respuesta. Y dile adiós. Te dará una enorme paz.

8) A la luz del corto período de vida que tenemos, sólo tenemos tiempo para vivir, disfrutar y ser felices. Nuestra compañera la muerte en cualquier momento, de forma imprevista, nos puede tomar entre sus brazos. Es superfluo e inútil gastar el tiempo en pensar en las ofensas de otros. No puedes darte ese lujo.

9) Es natural pasar por un período de duelo al perdonar, deja que tu herida sane. Descárgate (no confundir con desquítate) con alguien para dejar fluir el dolor. Vuelve a leer este artículo las veces necesarias y deja que los conceptos empiecen a sembrar semillas de conciencia en tu interior. Aprende con honestidad los errores que cometiste, prométete que no lo volverás a hacer y regresa a vivir la vida.
Y como dirían los Beatles, Let it be! Deja al mundo ser. Y déjate ser a ti también.
(Marco Engelke)

Preguntas de alguien que sigue siendo niña:

Por: Diana Margarita Ruiz.

Es la Literatura de Ficción un Arte y un modo de Entretenimiento, Recreación, Esparcimiento, Cultura... menos válido que la Música ( tocar u oir tocar instrumentos, cantar u oir cantar, hacer o crear melodía, texto, ritmo, poesía...), la Danza, el Baile, el Cine, la Fotografía, el Video,( más populares), e incluso que la Escultura, la Pintura, el Teatro (menos masivos también), (menos abstractos también)?.
Cuál es el prejuicio, el temor con la Literatura de Ficción y especialmente con la Poesía?.
Carecen realmente, siempre o la mayor parte de las veces, el resto de las Artes, formas de Entretenimiento, Recreación, Esparcimiento...de Letra, Ficción, mensajes subliminares, o más o menos directos?.
Es más" peligrosa", "perniciosa" la Literatura de Ficción?.
Por qué podemos aceptar que las demás formas son pura melodía, armonía, paz, concordia, coexistencia.....para desconectar, divertirnos, brincar, saltar, alegrarnos la existencia, mejorar la salud física y mental, "inocentemente?...".sin pensar, "subvertir," crear problemas"".....?."
Si la mayoría de la gente en el mundo no lee ni crea Literatura de Ficción, y eso es "normal" y "bueno" para la humanidad, por qué tantas catástrofes  en el mundo: tanta guerra, violencia de todo tipo en todas las esferas, asesinatos, robos, alcoholismo, drogadicción, prostitución, éxodos masivos, emigraciones, insatisfacciones, sicopatías, locuras....?.
Si somos tan imperfectos, limitados, temporarios, si erramos tanto, si somos tan diferentes, tan diversos cultural e individualmente, cómo saber de verdad "lo que hay en el corazón de los otros" para juzgar a veces con tanta severidad las intenciones y acciones ajenas?.
Si fuimos hechos a la imagen de Jehová y de Jesús, por qué espanta la creatividad humana, puro reflejo, copia, imitación  de nuestros diseñadores?.
-Una interesante reflexion, me parece todo bien planteado. Ahora, mi pregunta seria, por que has relacionado este tema de catastrofes con la ciencia ficcion o la poesia?. ( Marcela).
-Lo relaciono-supongo-porque pienso que si la gente leyera y escribiera más desde niños, habrían menos catástrofes, el hombre sería mejor. Pero lo que se estimula es lo concreto-sensible: la música comercial, el baile, los videos juegos-violentos, las malas películas,la televisión, las malas palabras, la grosería, lo vanal...Si la poesía, la Literatura de calidad tuviera la prioridad que no tiene, imagino que seríamos menos salvajes, que tuviéramos otros valores universales.

Sunday, December 12, 2010

El Premio Nóbel en Literatura:

sábado 11 de diciembre de 2010

Mario Vargas Llosa. Discurso del Nobel de Literatura 2010 ante la Academia Sueca


Mario Vargas Llosa. Discurso del Nobel de Literatura 2010 ante la Academia Sueca

Por Mario Vargas Llosa
Premio Nobel de Litaratura 2010

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponla al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que lela pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentan tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los nuestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son un imponentes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son, actos y que una novela una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos periodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura. a las conciencias que formó. a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella Fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que lentos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, mecer del progreso, ni siquiera existida. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda formas de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empapados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los tabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendemos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico. Anna Karenina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse 31 cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo politice, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país. América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-Francois Revel, Isaiah Berlin y Karl Papper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de dial domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roznan y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del General de Gaulle. Pero, acaso, lo que más !e agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta nunca de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos anos producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz. Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, machismo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudo democracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil. Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo. América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington. Nueva York. Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando. aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convenido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fiera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación. y porque allí amé. Odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he techo siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinocha, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fiera víctima una vez vas de un golpe de Estado que aniquilan nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los denlas desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que urdan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con remendad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “Todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevarnos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores muscos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo¬cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y a lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación, a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticada, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas criticas, pan ser justas, deben ser una autocritica. Porque, al independizamos de España, hace doscientos alas, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad eme ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta encorares prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apeno ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde fobia que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Pan mi, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde en estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la perra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una cenen: que el final de la dictadura cm inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosas como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues conviene en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la casa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convienen en hitos de la memoria y escudos corea la soledad. La patria no son las banderas ni !os himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mi una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis dos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños. se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido buenito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que ro eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obra escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón cono por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas panes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, coronado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, La prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Alvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las malezas, y es tan generosa que, hasta cuándo cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir“.

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios. en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me mercera aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre habla muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y. desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad. la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfesable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora. en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de tabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una histona, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manen de vivir“, dijo Flaubert. Si, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo corno un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando una forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privados de su libre albedrío sin matarlos sin que la historia pierda poder de persuasión es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada dial semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima. La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia sobre toda cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos altos de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro que sólo sobre un escenario cobrarla la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena con Norma Meandro en el papel de la heroína, que, desde entonces entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que a mis setenta años, me subirla (debería decir mejor me arrastrarla) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía. vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan 0llé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo. ros ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrirnos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos iras dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar ilustrarlas y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comento la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las encalas de La naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados par los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la nona de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño. goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin yegua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventarnos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modeladas con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la sida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad, hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenernos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentirnos terrenales y eternos a la vez la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están darás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Estocolmo, 10 de diciembre del 2010

Tomado del blog de Gaspar El Lugareño:

Posted: 10 Dec 2010 11:37 AM PST
Fotos/Getty Images
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Las Damas de Blanco desfilaron este viernes 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, por las calles habaneras y realizaron una protesta frente a la prisión conocida como Combinado del Este. El grupo había sido reprimido violentamente el día de ayer.

Gaspar, El Lugareño

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No a la muerte:

Posted: 11 Dec 2010 03:10 PM PST
 Eduardo Mesa (blog La Casa Cuba
Coordinador general de la  campaña
Foto/Blog Gaspar, El Lugareno
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Nota de prensa

(Miami-Madrid-Varsovia, 10 de diciembre)- Un grupo de cubanos celebra el Día Internacional de los Derechos Humanos lanzando una campaña a favor de la abolición de la pena de muerte en la Isla.

Se trata de una iniciativa impulsada por el Partido Demócrata Cristiano de Cuba *, con sede en Miami, que ya cuenta con el apoyo del grupo Convivencia Cuba (Pinar del Río), de la Federación de Asociaciones Cubanas (Madrid), del Observatorio Cubano de Derechos Humanos (Madrid) y del Consejo Unitario de Trabajadores Cubano. También ya ha sido respaldada por los ex -prisioneros de conciencia: José Luís García Paneque, Víctor Rolando Arroyo Carmona, Pedro Pablo Álvarez Ramos y Alejandro González Raga, todos de la “Causa de los 75”.

La campaña busca impulsar una reflexión nacional sobre la necesidad de que la Pena de Muerte sea eliminada de la legislación penal cubana.

Los organizadores sostienen que en Cuba hay que fomentar la cultura de la vida y por eso invitan a todos los cubanos, tanto en la Isla como en el exilio a optar por la vida, en contraposición al daño provocado por tantas décadas de “Socialismo o Muerte”. Para ellos, la iniciativa también responde al desafío de que los cambios en la sociedad cubana sean por los caminos de la justicia y la reconciliación y no por los de la venganza.

“La sociedad cubana ha sido, durante décadas, abocada a despreciar la vida y a rendir culto a la muerte: “Patria o Muerte”, “Socialismo o Muerte” han sido las consignas por excelencia. Nada hemos ganado en ese camino, dejemos que sea la vida y no la muerte la piedra angular de nuestro futuro” (Mensaje de la campaña)

El texto inicial de la campaña recuerda que la pena capital sigue vigente en el Código Penal cubano. Reconoce que en la actualidad el régimen mantiene una moratoria de hecho sobre la aplicación de dicha sanción, “pero que ello se debe a conveniencias tácticas y no a un cuestionamiento sobre la naturaleza moral de la misma”. Y recuerda que la pena de muerte fue aplicada en 2003 después de varios años sin ser empleada. “Todo cubano, en especial todo condenado a muerte, sabe que el régimen conserva intacto este aterrador recurso y que lo puede aplicar en cualquier momento”.

En contraposición a esta realidad, señalan, que el mundo libre y democrático toma cada vez mayor conciencia de que la pena de muerte deber ser abolida en todos los países.

Todas las personas y grupos que deseen suscribir dicha plataforma podrán hacerlo en la página web: www.nopenademuertecuba.com en la que también encontrarán un espacio para proponer otras iniciativas que puedan formar parte de la campaña.

*El Partido Demócrata Cristiano de Cuba es miembro de la Internacional Demócrata de Centro (I.D.C) y de la Organización Demócrata Cristiana de América (O.D.C.A.)

Primeras personas que han adquirido mis novelas El Aviador y o Diálogo con el Investigador:

1-Diana Margarita Ruiz, cubana, residente en Idaho, Estados Unidos. ( Autora).
2-Luis Ruiz Borrego, cubano, residente en Idaho..
3-Geobani López Cantón, cubano-americano, residente en Idaho.
4-Dunia Ruiz Cantón, cubana, residente en Idaho..
5-Olga Lidia Miranda, cubana, residente en Nevada, Las Vegas, Estados Unidos.La adquirió en 20 dólares mediante Lulú.com.
6-Daley Larry, británico-cubano-americano, residente en Miami, Florida, Estados Unidos.Las adquirió en 60 dólares (3) mediante Lulú.com e incluye envío, franqueo, impuestos.
7-Norma Britell, mexicana, residente en Idaho.
8-Antonio Garza, americano de Texas, de origen mexicano, residente en Idaho.
9-Ester Ponce, mexicana, residente en Idaho.
10-Belia Paz, mexicana-americana, residente en Idaho.
11-María Molina, mexicana.
12-Aydeé Egoavil, peruana, residente en Idaho.
13-Rosy Matos y Alejandro Matos, de El Salvador y Puerto Rico.
14-Cristina Iniguez de México.
15-Nelson Baquero, de Colombia.
16-Concha e Israel Gómez, de México.
17-Elisabet Anguiano, de México.
18-Marvin Lemus, de Guatemala.
19-Rosa Esquivel, de Texas, americana, de origen mexicano, residente en Idaho.
20-Víctor Lupercio y Rocío, de México.

Ha reservado para comprar una:

1- Blanca Arriaga, de México.

Sugiero las adquieran a 15 dólares directamente conmigo y no mediante Lulú.com, a 20 dólares , y de cuyas ventas no tengo control, ni he recibido beneficios aún. En realidad estoy en fase de inversión  con préstamo aún de 750 dólares para la producción de estos libros. Muchas Gracias: la autora.